campo de girasoles

Nayra siempre fue una niña muy positiva y, de mayor, siguió viendo el lado bueno de las cosas. Lo que más me fascinaba era su capacidad de dormir en cualquier medio de transporte: nos sentábamos en un autobús y, antes de que arrancara, mientras seguían subiendo pasajeros, ella ya estaba durmiendo. Al principio la despertaba para que hablara conmigo pero, con el tiempo, aprendí a apreciar esa capacidad suya. Y disfrutaba mirándola dormir, a veces sonriente, otras inquieta, tanto como al contemplar las vidrieras de una iglesia, cambiantes según la luz que las alcanzara.

En el avión decidí dejarla dormir pero el sonido de las mascarillas al caer hizo que abriera un ojo, sólo uno, el derecho. Creo que aún estaba adormilada y, por eso, no sintió pánico. Parecen los girasoles del loco de pelo rojo, le gustaba llamarle así porque yo soy pelirrojo. Volvió a su letargo. Besé su frente agradecido y puse mi mano izquierda sobre su derecha, acariciándola. Visualicé los girasoles en mi mente: sus pinceladas cortas, agresivas, la paleta del amarillo al bermellón, el relieve de las cerdas del pincel en la tela… Me convertí en girasol.

*Dedicado a familiares de accidentes aéreos: a mí «me gusta pensar» que fue así.

Publicado en on 1, 23 Agosto 2009 at 9:21 am Dejar un comentario
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arroz con pato

Domingo, comida familiar: arroz caldoso de pato. También ensalada con lechuga, tomate, cebolla, maíz, atún y pepino. Me niego a comer y hoy mamá no me obliga. La iaia trae un arroz con leche, para mi nieta preferida, y empiezo a comer. Los mayores se quejan del sabor amargo que ha dejado el pato. Comía demasiado pepino, repiten sin parar. Comienzo a hacer pucheros, lloro sin poderlo evitar, y trato de hablar.

-Es lo que más le gustaba a mi patito…

Publicado en on 1, 3 Mayo 2009 at 3:12 pm Comentarios (1)
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el hombre perfecto v.1

Tus manos, sus ojos, una piel curtida y la altura de aquel otro, una barba medio canosa, las gafas redondas del vecino y la voz del locutor de las mañanas… Todo junto va y viene en mi cabeza… y yo también voy y vengo y vuelvo… y acabo llegando.

Publicado en on 1, 20 Febrero 2009 at 12:19 am Dejar un comentario
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mi ciudad, tu ciudad… nuestra ciudad

Revisito tu ciudad, la que más me gusta, ésa que una vez fue nuestra. Tú me la regalaste, cada rincón, cada fuente, cada parque… pero esta vez estoy fuera de tus planes. Ni mis mensajes ni mi pensamiento logran convocarte. La conexión se ha perdido, es normal, me dice mi amigo Manuel. Protesto. Antes, aunque hubieran pasado tres años, en unos segundos superábamos esos calambrazos del estómago al vernos… pero, claro, han pasado veintitantos… Tal vez nos hayamos cruzado, sin conocernos, los dos cambiados. Tus ojos y los míos mucho más tristes.

Publicado en on 1, 16 Febrero 2009 at 10:49 pm Dejar un comentario
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el momento

Fue tan solo un momento, un instante breve… y Sergio se atrevió. Sus dedos rozaron el rostro distraído de Sandra y una sonrisa azorada cruzó su mirada. El calor de su mejilla le dio el valor que necesitaba. Respiró hondo y cogió la barbilla de ella. Los dos avanzaron sus labios.

Publicado en on 1, 5 Febrero 2009 at 9:39 am Comentarios (1)
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a los sesenta…

Cuando recién cumplí las primeras horas de casado fui consciente de dónde me había metido. Sin pensarlo, estaba casado con una mujer estupenda y yo sólo deseaba desaparecer. La tapadera, que me había parecido tan buena idea, se había transformado en una losa que me enterraba. La sensación de ahogo fue en aumento y acabé enfermando, así que suspendimos el viaje de novios. Mi mujer se desvivía en atenciones, pendiente de mí, lo que agravaba mi mal. Aproveché para refugiarme en la cama y la fiebre me ayudó a no dar explicaciones. En mis delirios de esas primeras noches, soñé una y otra vez con mis compañeros de infancia.

Crecí en un internado y casi 50 chicos dormíamos en el mismo cuarto. Dicen que las amistades de los primeros años son las más intensas… y es cierto. En la litera contigua mi amigo Juan, que se quedó a trabajar en Toledo y de allí marchó, años después, a Madrid. No se casó y vivió la vida que yo no me atreví. Al otro lado, Mariano, que era un año mayor que yo pero repitió un curso. Se hizo policía nacional y sacó destino en País Vasco… cinco años después decidió dejarlo, se volvió al pueblo y se casó. Paco era mi mejor amigo pero no lo sabía todo de mí. Y el que invade una y otra vez mis sueños es Juan…

En cuanto caía en duermevela, me rodeaba con sus brazos y le oía susurrarme “pobrecito, mi amor, pobrecito… yo te cuidaré…”, acariciaba mi cabeza y me besaba la frente. Abría los ojos y allí estaba Luisa, comprobando mi temperatura con ternura. Yo volvía a cerrar los ojos, tratando inútilmente de reencontrar a Juan. Cansado de verlo desaparecer, decidí levantarme e ir a buscarlo.

A los sesenta, las cosas ya no son tan complicadas. Estoy viudo y mis hijos ya son mayores, así que cada uno hace su vida y nos vemos poco. Yo he empezado a viajar mucho y me reúno con Juan cada varias semanas y, a veces, viajamos juntos. Él también vive solo. Tuvo una relación de casi 15 años, hasta que un día se dio cuenta de que ya no amaba a Alfredo. Entonces rompió con él y cambió de casa.

Publicado en on 1, 30 Enero 2009 at 2:56 pm Comentarios (1)
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una vieja postal

Miguel firmó la prejubilación hace unos meses pero continúa yendo a la universidad cada día. Ha hecho de la biblioteca su despacho y de sala de reuniones utiliza la cafetería. Allí le visitan antiguos alumnos y compañeros mientras él revisa una fórmula de cálculo que empezó en su doctorado.

Una tarde, a última hora, está apurando una cerveza en el bar y la chica de la barra le invita a marcharse. En la mesa contigua, una estudiante teclea absorta en su portátil. El pelo muy corto y un pañuelo de seda alrededor del cuello. La camarera repite “señorita” varias veces pero ella no reacciona hasta que le golpea suavemente en el hombro. La joven sonríe azorada y se disculpa. El profesor también sonríe, sorprendido por su concentración.

Unos días después, al llegar a la biblioteca encuentra ocupado el lugar en que suele sentarse. Sobre la mesa, una nota escrita a mano y un pañuelo de seda. Se sienta en el casillero de la derecha y espera, intrigado, a ver quién llega. Dos horas después aún no ha aparecido nadie. Se excusa a sí mismo diciendo que es la hora del café y, ya que pasa, mira de reojo la nota. Letra menuda y picuda, como la suya, sello y matasellos: una postal vieja. Acerca la mano lentamente al tiempo que mira alrededor, y da la vuelta a la postal: la biblioteca de Alejandría. Recuerda un viaje de estudios, casi 30 años atrás y amaga una sonrisa, aunque deja el gesto a medias. Él había enviado una postal como aquélla…

Vence el pudor que le produce leer un texto que no se dirige a él y gira la tarjeta: “Biblioteca de Alejandría, 1 de abril de 1971″. Sus labios forman un “oh” mudo… Al final del texto, una firma conocida: Miguel, y una simple línea bajo el nombre.

Publicado en on 1, 18 Enero 2009 at 3:13 pm Dejar un comentario
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huesos de aguacate v.2

De pequeña me hacía ilusión que en casa compraran aguacates. No me gustaba cómo sabían. Mi única ambición era conseguir el hueso que encerraban. Mi iaio me decía que los huesos de aguacate eran mágicos y que podías enterrar con cada tres uno de tus deseos. Cuando la semilla germinaba, el sueño se cumplía.

Cada vez que conseguía un hueso, lo guardaba en mi bolsillo y lo tocaba cada poco. Cuando tenía tres, el iaio hacía un pequeño hoyo con sus manos en la tierra y yo dejaba caer los huesos dentro y un papelito con mi deseo. Cada día, yo regaba la maceta con mucha agua. Al poco tiempo, el iaio me enseñaba cuánto había crecido mi plantita. Eso sí, ahora juraría que cada vez las hojas eran diferentes.

Publicado en on 1, 26 Noviembre 2008 at 11:01 am Dejar un comentario
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huesos de aguacate v.1

De pequeña me hacía ilusión que en casa compraran aguacates. No me gustaba cómo sabían. Mi única ambición era conseguir el hueso que encerraban. El iaio me decía que los huesos de aguacate eran mágicos y que podías enterrar con cada tres uno de tus deseos. Cuando la semilla germinaba, el sueño se cumplía. Cada vez que conseguía un hueso, Lo guardaba en mi bolsillo y lo tocaba cada poco. Cuando tenía tres, el iaio hacía un pequeño hoyo con sus manos en la tierra y yo dejaba caer los huesos dentro y un papelito con mi deseo. Cada día, yo regaba la maceta con mucha agua. Nunca creció nada.

Publicado en on 1, 19 Noviembre 2008 at 12:18 pm Dejar un comentario
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arrugas

Dos ancianos conversan en la acera. Observo su figura, sus manos que se mueven al compás de sus palabras. Miro sus brazos y su cuello, que son ahora un pellejo que recoge las carnes perdidas. Uno de ellos me mira distraído, a través del cristal. Él no me conoce pero yo recuerdo verle de niña, más alto e igual de flaco. En sus arrugas veo los años que han pasado, amontonados de golpe, uno junto a otro. El autobús arranca y me aleja de esa parada y de ese hombre del que no recuerdo el nombre.  

Publicado en on 1, 7 Octubre 2008 at 9:17 pm Dejar un comentario
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