campo de girasoles

Nayra siempre fue una niña muy positiva y, de mayor, siguió viendo el lado bueno de las cosas. Lo que más me fascinaba era su capacidad de dormir en cualquier medio de transporte: nos sentábamos en un autobús y, antes de que arrancara, mientras seguían subiendo pasajeros, ella ya estaba durmiendo. Al principio la despertaba para que hablara conmigo pero, con el tiempo, aprendí a apreciar esa capacidad suya. Y disfrutaba mirándola dormir, a veces sonriente, otras inquieta, tanto como al contemplar las vidrieras de una iglesia, cambiantes según la luz que las alcanzara.

En el avión decidí dejarla dormir pero el sonido de las mascarillas al caer hizo que abriera un ojo, sólo uno, el derecho. Creo que aún estaba adormilada y, por eso, no sintió pánico. Parecen los girasoles del loco de pelo rojo, le gustaba llamarle así porque yo soy pelirrojo. Volvió a su letargo. Besé su frente agradecido y puse mi mano izquierda sobre su derecha, acariciándola. Visualicé los girasoles en mi mente: sus pinceladas cortas, agresivas, la paleta del amarillo al bermellón, el relieve de las cerdas del pincel en la tela… Me convertí en girasol.

*Dedicado a familiares de accidentes aéreos: a mí «me gusta pensar» que fue así.

Publicado en  on 1, 23 Agosto 2009 at 9:21 am Dejar un comentario
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a los sesenta…

Cuando recién cumplí las primeras horas de casado fui consciente de dónde me había metido. Sin pensarlo, estaba casado con una mujer estupenda y yo sólo deseaba desaparecer. La tapadera, que me había parecido tan buena idea, se había transformado en una losa que me enterraba. La sensación de ahogo fue en aumento y acabé enfermando, así que suspendimos el viaje de novios. Mi mujer se desvivía en atenciones, pendiente de mí, lo que agravaba mi mal. Aproveché para refugiarme en la cama y la fiebre me ayudó a no dar explicaciones. En mis delirios de esas primeras noches, soñé una y otra vez con mis compañeros de infancia.

Crecí en un internado y casi 50 chicos dormíamos en el mismo cuarto. Dicen que las amistades de los primeros años son las más intensas… y es cierto. En la litera contigua mi amigo Juan, que se quedó a trabajar en Toledo y de allí marchó, años después, a Madrid. No se casó y vivió la vida que yo no me atreví. Al otro lado, Mariano, que era un año mayor que yo pero repitió un curso. Se hizo policía nacional y sacó destino en País Vasco… cinco años después decidió dejarlo, se volvió al pueblo y se casó. Paco era mi mejor amigo pero no lo sabía todo de mí. Y el que invade una y otra vez mis sueños es Juan…

En cuanto caía en duermevela, me rodeaba con sus brazos y le oía susurrarme “pobrecito, mi amor, pobrecito… yo te cuidaré…”, acariciaba mi cabeza y me besaba la frente. Abría los ojos y allí estaba Luisa, comprobando mi temperatura con ternura. Yo volvía a cerrar los ojos, tratando inútilmente de reencontrar a Juan. Cansado de verlo desaparecer, decidí levantarme e ir a buscarlo.

A los sesenta, las cosas ya no son tan complicadas. Estoy viudo y mis hijos ya son mayores, así que cada uno hace su vida y nos vemos poco. Yo he empezado a viajar mucho y me reúno con Juan cada varias semanas y, a veces, viajamos juntos. Él también vive solo. Tuvo una relación de casi 15 años, hasta que un día se dio cuenta de que ya no amaba a Alfredo. Entonces rompió con él y cambió de casa.

Publicado en  on 1, 30 Enero 2009 at 2:56 pm Comentarios (1)
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una vieja postal

Miguel firmó la prejubilación hace unos meses pero continúa yendo a la universidad cada día. Ha hecho de la biblioteca su despacho y de sala de reuniones utiliza la cafetería. Allí le visitan antiguos alumnos y compañeros mientras él revisa una fórmula de cálculo que empezó en su doctorado.

Una tarde, a última hora, está apurando una cerveza en el bar y la chica de la barra le invita a marcharse. En la mesa contigua, una estudiante teclea absorta en su portátil. El pelo muy corto y un pañuelo de seda alrededor del cuello. La camarera repite “señorita” varias veces pero ella no reacciona hasta que le golpea suavemente en el hombro. La joven sonríe azorada y se disculpa. El profesor también sonríe, sorprendido por su concentración.

Unos días después, al llegar a la biblioteca encuentra ocupado el lugar en que suele sentarse. Sobre la mesa, una nota escrita a mano y un pañuelo de seda. Se sienta en el casillero de la derecha y espera, intrigado, a ver quién llega. Dos horas después aún no ha aparecido nadie. Se excusa a sí mismo diciendo que es la hora del café y, ya que pasa, mira de reojo la nota. Letra menuda y picuda, como la suya, sello y matasellos: una postal vieja. Acerca la mano lentamente al tiempo que mira alrededor, y da la vuelta a la postal: la biblioteca de Alejandría. Recuerda un viaje de estudios, casi 30 años atrás y amaga una sonrisa, aunque deja el gesto a medias. Él había enviado una postal como aquélla…

Vence el pudor que le produce leer un texto que no se dirige a él y gira la tarjeta: “Biblioteca de Alejandría, 1 de abril de 1971″. Sus labios forman un “oh” mudo… Al final del texto, una firma conocida: Miguel, y una simple línea bajo el nombre.

Publicado en  on 1, 18 Enero 2009 at 3:13 pm Dejar un comentario
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huesos de aguacate v.2

De pequeña me hacía ilusión que en casa compraran aguacates. No me gustaba cómo sabían. Mi única ambición era conseguir el hueso que encerraban. Mi iaio me decía que los huesos de aguacate eran mágicos y que podías enterrar con cada tres uno de tus deseos. Cuando la semilla germinaba, el sueño se cumplía.

Cada vez que conseguía un hueso, lo guardaba en mi bolsillo y lo tocaba cada poco. Cuando tenía tres, el iaio hacía un pequeño hoyo con sus manos en la tierra y yo dejaba caer los huesos dentro y un papelito con mi deseo. Cada día, yo regaba la maceta con mucha agua. Al poco tiempo, el iaio me enseñaba cuánto había crecido mi plantita. Eso sí, ahora juraría que cada vez las hojas eran diferentes.

Publicado en  on 1, 26 Noviembre 2008 at 11:01 am Dejar un comentario
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huesos de aguacate v.1

De pequeña me hacía ilusión que en casa compraran aguacates. No me gustaba cómo sabían. Mi única ambición era conseguir el hueso que encerraban. El iaio me decía que los huesos de aguacate eran mágicos y que podías enterrar con cada tres uno de tus deseos. Cuando la semilla germinaba, el sueño se cumplía. Cada vez que conseguía un hueso, Lo guardaba en mi bolsillo y lo tocaba cada poco. Cuando tenía tres, el iaio hacía un pequeño hoyo con sus manos en la tierra y yo dejaba caer los huesos dentro y un papelito con mi deseo. Cada día, yo regaba la maceta con mucha agua. Nunca creció nada.

Publicado en  on 1, 19 Noviembre 2008 at 12:18 pm Dejar un comentario
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zapatos nuevos

Ocho centímetros. Nunca antes Lucía había subido tan alto ni se había sentido más femenina. ¡Aquellos zapatos le hacían unas piernas tan bonitas!

-¿Cómo le van?

-Me gustan mucho -sonrió al dependiente.

-Son estupendos y muy cómodos. Están también en marrón y negro, por si se los quiere probar.

-No, no, me gusta este color… ¡me encanta el rojo!

-Muy bien… Si me los da…

-Me los llevo puestos -y Lucía le entregó sus viejos mocasines sin darle tiempo a responder- ¿puede tirarlos?

-¿Cómo?

-Si puede tirar usted estos viejos zapatos. Por favor.

El vendedor asintió con una sonrisa asomando en la comisura de sus labios. Dejó los mocasines bajo el mostrador y le cobró los zapatos rojos, justo cuando una pareja entraba en la tienda.

-Luis, mira éstos – dijo la chica.

Lucía no pudo evitar un amago de giro hacia la voz pero se controló antes de responder. Su mirada se cruzó con la de la chica, quien la miró extrañada. Al momento, volvió a dirigirse a su novio, sandalias en mano. Lucía sonrió para sí misma y se prometió que era la última vez que respondía a aquel nombre. 33 años habían sido suficientes.

Publicado en  on 1, 9 Septiembre 2008 at 5:58 pm Dejar un comentario
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llueve

“Asunto: llueve

De: la.bruja.piruja@modelomail.com
Enviado: jueves, 24 de abril de 2008 20:57:08
Para: bz.zb@modelomail.com

Llueve. Y pienso en ti. No debería, lo sé, o, al menos, no así. Pero, en noches como ésta, con el mundo llorando en mi ventana, no puedo sino echarte de menos. Extraño tu voz, arropada por el tintineo del agua. También tu contacto cálido y el vaho en el cristal cuando hablabas a la oscuridad… ¿Llueve hoy en Bilbao? ¿Huele, como aquí, a tierra mojada? Te imagino refugiándote en los soportales, en los arcos y puentes de camino a casa, sin paraguas pero con tu capucha… Aún guardo la sudadera que te dejaste. Ya no tiene tu olor pero sigue siendo tuya. Intenté devolvértela. Una vez, incluso, llegué casi a enviarla pero me arrepentí en la puerta de correos y volví a casa, paquete en mano. Estuvo tiempo y tiempo en esa misma caja hasta que un día como hoy, en que tu ausencia me dolía demasiado, abrí la caja y robé tu abrazo. En ese momento supe que no te la devolvería nunca. Aquí sigue. Lástima que sólo sea una prenda y no tú quien me acompañe… Me conformaría con saber que, de tanto en tanto, me recuerdas y sonríes, incluso que llegas a echarme de menos, aunque sea un poco, y que en algún momento de estos largos años has sentido la necesidad de oír mi voz, de verme o saber de mí… Es demasiado pedir, lo sé. Sólo me queda soñar en el papel mientras dura la lluvia. Pero no me conformo. Quiero que vuelvas a saber qué sueño, qué pienso, qué siento… y que me dejes saberlo de ti. No me cansaré de intentarlo. Alicia.”

Borja acabó de leer el mensaje en la pantalla casi sin resuello. Inspiró profundamente y suspiró. Se echó hacia atrás en la silla y encendió un cigarro. Lo dejó en el cenicero después de un par de caladas y apagó la música que salía del ordenador. Sólo entonces volvió a leer el mensaje y le dio a responder. Pasó la mano por su pelo mojado al tiempo que se levantaba. La secó en el pantalón del chándal, antes de abrir su mochila y sacar la libreta que siempre llevaba encima. Buscó la última página escrita, la dejó sobre la mesa y se puso a teclear.

“Asunto: Re: llueve
De: bz.zb@modelomail.com
Enviado: jueves, 24 de abril de 2008 21:47:23
Para: la.bruja.piruja@modelomail.com

Transcribo a continuación las últimas palabras de mi cuaderno.

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¡Estoy empapado! Menos mal que no estás aquí porque si no seguiría todavía bajo la lluvia… Miento. Y es absurdo mentirme a mí mismo. Preferiría millones de veces estar aún mojándome contigo que solo en este café. No he conocido a nadie más que adore tanto la lluvia… Ya, ya sé que es absurdo ponerme a escribir en este cuaderno en lugar de tratar de llegar hasta ti pero ha pasado demasiado tiempo. Pero no puedo evitar recordarte… sobre todo cuando llueve como ahora, sin tregua, y sólo tengo un papel. Necesito un respiro para olvidarte pero no lo consigo… Pasearé de nuevo hasta el mar, como tantas veces hicimos. Lluvia y mar, todo agua, tan igual y tan distinta a la vez, como nosotros.

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Esto tiene que ser el comienzo de algo, al menos un reencuentro. No perdamos el contacto, por favor. Borja.”

Y antes de tener tiempo de arrepentirse, apretó el botón de enviar.

Publicado en  on 1, 19 Agosto 2008 at 6:23 pm Dejar un comentario
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juanín

Una mañana como otra cualquiera. Me siento a esperar el autobús y mientras enciendo el ipod, paseo la mirada por la calle y me detengo, como tantos otros, en la obra de la acera de enfrente. Hay dos chicos trabajando. Uno de ellos se incorpora y queda plantado de cara a mí. “Juan”, le llama el otro. Le miro la cara y en un segundo dejo de ser la profesional preparada, segura y competente que ha aprendido a quererse. Juanín, el chulo, vuelve a tener frente a él a la adolescente insegura, flaca y sin tetas, blanco de sus burlas. Han pasado casi 20 años pero sigo sintiéndome expuesta como entonces, aunque ahora soy algo más segura, con más curvas y me he reconciliado con mi anatomía. O, al menos, eso creía yo antes de verle. Él también me ve y me mira. Unos segundos más de lo habitual delatan su reconocimiento. Aparto la vista de sus ojos cuando la suya ya bajaba por mi cuerpo. Ninguno de los dos dice nada pero él saca pecho y se arregla el pantalón antes de seguir trabajando.

Publicado en  on 1, 5 Agosto 2008 at 4:28 pm Dejar un comentario
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reencuentro

Una sonrisa se asoma a su rostro y un brillo de antaño ilumina de nuevo sus ojos. A una indicación torpe sigue un sentarse precipitado, debatiéndose entre la timidez y la sorpresa. Un roce involuntario desencadena una descarga que recorre su espalda y una risa nerviosa trata de rebajar la tensión del ambiente.

Por fin, se apagan las luces y una conversación que no saben por dónde comenzar queda aplazada hasta el fin de los créditos. No gozan moverse ni un segundo antes de que se enciendan las luces del local, e incluso entonces parecen pegados a los asientos. Pero una vez iluminada la sala ya no tienen escapatoria.

-¿Qué vas a hacer ahora?-, se lanza ella.

-No se… debería de ir a descansar, pero nunca he sido demasiado sensato… ¿Te apetece tomar algo?

Y todavía con la saliva pasando con dificultad por su garganta, se sientan en una terraza. De nuevo la película les salva de hablar de lo que han sido sus vidas en esos años sin verse pero, poco a poco, la curiosidad vence al miedo y se ponen al día, casi al mismo tiempo que nace uno nuevo.

-Te llevo a casa, venga… – y tan despacio como les es posible, se encaminan hacia el coche.

Una vez en la calle de ella, una incoherente despedida que insiste en volver a verse brota de sus labios y abandona precipitadamente el coche. Busca las llaves, abre la puerta y, aunque sabe que él aún está esperando, entra sin decir nada. Una vez en el portal, para en seco y trata de calmar su corazón, sin dar la luz. “¿Por qué no le he besado?”, piensa.

Él continúa aparcado ante el portal de su casa, sin decidirse a poner el coche en marcha. “¿Por qué no la he besado?”, se pregunta. Está esperando que ella encienda la luz. Una parte de sí confía en verla salir del patio y acercarse al cristal de la ventanilla… pero no sale. De repente, abandona la esperanza y, de un modo precipitado, arranca.

Ella sale a la calle pero sólo acierta a ver las luces de su coche, al final de la calle.

Publicado en  on 1, 21 Julio 2008 at 7:44 am Dejar un comentario
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pablo

Pablo está nervioso. Hace ya un tiempo que se siente perdido. Duerme mal, a ratos, y durante el día no se concentra en nada. Siente un vacío que no sabe cómo llenar. Sólo le queda una cosa por probar.

El calor aún aprieta, aunque la tarde empieza a caer. Mira el reloj. Ha llegado un poco antes de la hora. Al entrar nota el frescor del local y una sensación de paz le invade. El silencio, lejos de incomodarle, le hace sentirse aliviado. Se sienta al fondo, de manera que controla la puerta. En ese momento, entra un hombre alto, serio y bien parecido. Se dirige al pasillo lateral, dejando la puerta entreabierta tras de sí.

Pablo cuenta hasta tres en voz baja y se santigua. Se encamina tras los pasos del desconocido y empuja la puerta. El hombre está sentado en un taburete, pensativo, con la cabeza gacha. Se arrodilla ante él.

- Ave María Purísima.

- Sin pecado concebida.

Publicado en  on 1, 17 Julio 2008 at 7:51 pm Dejar un comentario
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