Revisito tu ciudad, la que más me gusta, ésa que una vez fue nuestra. Tú me la regalaste, cada rincón, cada fuente, cada parque… pero esta vez estoy fuera de tus planes. Ni mis mensajes ni mi pensamiento logran convocarte. La conexión se ha perdido, es normal, me dice mi amigo Manuel. Protesto. Antes, aunque hubieran pasado tres años, en unos segundos superábamos esos calambrazos del estómago al vernos… pero, claro, han pasado veintitantos… Tal vez nos hayamos cruzado, sin conocernos, los dos cambiados. Tus ojos y los míos mucho más tristes.
arrugas
Dos ancianos conversan en la acera. Observo su figura, sus manos que se mueven al compás de sus palabras. Miro sus brazos y su cuello, que son ahora un pellejo que recoge las carnes perdidas. Uno de ellos me mira distraído, a través del cristal. Él no me conoce pero yo recuerdo verle de niña, más alto e igual de flaco. En sus arrugas veo los años que han pasado, amontonados de golpe, uno junto a otro. El autobús arranca y me aleja de esa parada y de ese hombre del que no recuerdo el nombre.
envío urgente
Jueves, 9.37 horas. Autobús de línea. Me siento al lado de una mujer que habla por su teléfono móvil.
-…de mi mesa, en la segunda balda empezando por arriba, donde están los archivadores. En uno pone “pendientes”, ¿lo ves? Sí, ve hasta mi mesa… ¿Ya? Vale, te plantas justo delante de la estantería y si miras un poco hacia arriba, en la segunda balda… sí, la segunda empezando por arriba, sí… a la derecha, ¿ves los archivadores? ¿Sí? Vale, pues coge el que pone “pendientes”. Yo creo que el contrato que hay que enviar es de abril… me suena. Mira ese mes… o finales de marzo. No, no es complicado porque están ordenados por fecha y cada mes en un separador. De todos modos, a mí me quedan dos paradas… sí, sí, míralo si quieres… en ese archivador que tienes, seguro. ¿Yo? Pues poco, menos de cinco minutos… si ya te digo que faltan dos paradas, bueno, ahora sólo una… vale, pues déjalo y lo miro cuando llegue…
Sin dejar de hablar, la mujer se levanta y sale de la fila por delante de mí, pulsa el botón de solicitud de parada y se planta frente a la puerta del autobús.
-Hala, ya estoy en la puerta. Ahora nos vemos arriba… Sí, hasta ahora, hasta ahora.
Por la ventanilla la veo cerrar el teléfono aunque no lo guarda. Entra en un edificio de oficinas junto a la parada y la pierdo de vista. Ahora la imagino detrás de su mesa, plantada frente a la estantería, acercando su mano a la derecha de la segunda balda y cogiendo el archivador de pendientes. Pasa los separadores hasta abril, o quizá hasta marzo, y manda el contrato por fax con 5 minutos de retraso.
haciendo números
Todos los papeles están amontonados encima de la mesa. La calculadora echa humo. Laura apoya los codos sobre la mesa y enlaza sus manos bajo la barbilla. También suspira.
Coge la cartilla de la mesa y pasa una página tras otra hasta llegar a la última impresa.
-Saldo anterior: -11,81.
“¡Otra vez números rojos! Adiós a los zapatos de Nuria, al menos hasta que llegue la paga de navidad. Y adiós a mis lentillas… tendré que seguir con mis gafas. Marcos tiene que ir al dentista, eso sí que no puede aplazarse. Luego llamaré a mi madre. Y esta semana, nada de fruta… menos mal que quedan yogures y un par de botes de piña.”
Laura se levanta, rotulador rojo en mano, y tacha el 27 en la hoja de octubre. Apaga la luz y se va a dormir.
trabajando
Miro mis pies a través del cristal de la mesa. Me han quedado bien con la pedicura. Hay un papel en el suelo, fuera de la papelera. Luego lo recojo. Mi vista vuelve al calendario. Aún quedan dos semanas de trabajo. Luego vacaciones. La carta del curso está sin archivar: admitida. Sonrío. Lo pasaremos bien. Le guiño un ojo a mi amiga. Las dos estamos bien en esa foto. Veo el corcho de reojo. Sólo queda una nota: “martes 29 entrega prueba agenda”. Lo había olvidado. Suspiro. Escritorio/documentos/trabajo/agenda 01. El programa se abre. Una página en blanco aparece ante mí. ¿Qué hago? Miro al techo. Aún no hemos comprado la lámpara. A ver si voy esta semana. Miro mis manos. Voy a pedir hora para la manicura.
abrazo
- Sé que no fue más que un abrazo pero… para mí… – me salió solo, de carrerilla, sin que mis labios pudieran evitarlo – ¿puedes darme otro?
Su hombro recogió una lágrima dulce y yo me sentí acogida, querida y cuidada.
tostadas
Mi cerebro se despierta pero yo insisto en apretar los ojos. Quiero dormir un poco más. Sólo consigo que me duela la cabeza. Huelo a pan tostado. Una sensación de mermelada me llena la boca. Abro los ojos y bostezo. Retiro despacio la sábana que me cubre y me incorporo. Un pie. Otro pie. Llego hasta la cocina, lista para la merienda. Enciendo la tostadora y saco la leche de la nevera.
áfrica
Otra mañana con sueño. Acaba de sonar el despertador y me encantaría estampar el móvil contra el suelo. Dentro de un rato recordaré porqué vuelvo a la facultad pero ahora sólo me invade el malhumor. Ricardo se ha tapado la cabeza con la almohada. Lo hace cada mañana cuando suena mi despertador. ¡Si se hiciera una idea de la rabia que me da! Vuelve a sonar la alarma del móvil.
-África, vas a llegar tarde.
_…- gruño como única respuesta.
el bus
Cojo el autobús, siempre el mismo, todas las mañanas. La cara con sueño, recién lavada pero todavía sin despertar. Día gris. Al fondo, un día más, la misma pareja que desayuna besos. Una sonrisa aparece en mi cara. Pienso en ti. Mi parada.
¿dónde?
Se movía rápidamente, volcado sobre la mesa, buscando el gesto, su gesto, que acababa de captar al otro lado de la calle… Pero ¿dónde? ¿dónde te metes?
